Introducción

En la actualidad, estamos siendo testigos de una creciente crisis global de salud mental que afecta de manera  especialmente preocupante a niños, niñas y adolescentes. Se manifiesta en múltiples formas y en diferentes culturas,  pero presenta síntomas comunes que resuenan en la vida cotidiana de familias, docentes y profesionales de la salud:  ansiedad, aislamiento, dificultades emocionales, falta de sentido y pérdida de referentes. El malestar infantil y juvenil del  siglo XXI no es una cuestión aislada, sino una emergencia educativa que exige respuestas integradas, humanas y  profundas desde los primeros años escolares. 

Diversos organismos internacionales como la OMS, UNICEF y The Lancet (Clark et al., 2020) alertan sobre una crisis global  del bienestar infantil y juvenil, exigiendo que la educación priorice el desarrollo integral del niño como condición para  alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). En paralelo, estudios clásicos como los de Erikson (1968) ya  señalaban que la etapa primaria es determinante en la construcción de la identidad y la autoestima infantil. Sobre ese  problema global, las enfermedades no transmisibles o enfermedades de estilos de vida (Akseer et al., 2020, OMS, 2022)  se sitúan como agentes fundamentales. Arce-Larrory, O., Velasco, E., Sáez, I. 

Vivimos en una sociedad hiperinformada, donde la infancia está expuesta a un entorno de sobreestimulación, asimilación  de todo tipo de información contradictoria, presión por el éxito y aislamiento emocional. Los efectos se manifiestan en  formas como la ansiedad, el “bullying”, el bajo rendimiento escolar y la desconexión con el sentido de la vida. De acuerdo  a los estudios estadísticos, el suicidio es la segunda causa de muerte en los niños y jóvenes de 10 a 24 años. Un estudio  del Colegio Profesional de Psicología de Aragón reveló que el 26,2% de los adolescentes presenta síntomas de depresión y  el 26,9% síntomas de ansiedad, mostrando un alto riesgo de conducta suicida entre adolescentes. Las escuelas son cruciales para prevenir, detectar y abordar estos problemas de salud mental. 

En la educación actual existe un énfasis creciente en una formación integral que trasciende los contenidos académicos tradicionales, abarcando el desarrollo del carácter, las habilidades socioemocionales y la creatividad en niños y  jóvenes. Diversos pedagogos, investigadores y autores contemporáneos de renombre internacional han propuesto  modelos educativos holísticos para primaria y secundaria (se incluye una lista de autores en el anexo 1 de este  documento), orientados a formar personas íntegras capaces de empatizar, gestionar sus emociones, pensar de forma  creativa y ética, y resolver problemas. Muchos de estos enfoques no sólo se han teorizado, sino que ya se aplican en  sistemas educativos reales – por ejemplo, en países como Finlandia o en redes globales de escuelas inspiradas en  Montessori – demostrando un impacto tangible. Sin embargo, no se ha logrado un sistema más fácil de universalizar y de  integrarse en todas las culturas que encaje de la misma manera en cualquier localidad de este planeta en el que vivimos. 

Desde principios del siglo XX, numerosos pensadores de renombre, como Carl Jung o Romain Rolland -Premio Nobel de  Literatura en 1915-, junto con grandes maestros de tradiciones espirituales orientales como Ramana Maharshi y  Vivekananda, e incluso figuras contemporáneas como Jon Kabat-Zinn, creador del programa MBSR de mindfulness, han  coincidido en la necesidad de recuperar el núcleo esencial de las tradiciones espirituales a través de una educación  centrada en la experiencia subjetiva del ser. Esta experiencia -ser conscientes de que estamos existiendo, de que  habitamos y nos relacionamos con un universo objetivo- constituye el fundamento vivencial más inmediato del ser  humano, que cada día se despierta para vivir una nueva jornada. Compartimos este día con los demás, pero nuestro  relato interior, el conjunto de memorias y vivencias que configuran nuestra identidad, permanece en lo profundo de  nuestra subjetividad. Esa dimensión íntima es, precisamente, el ámbito del conocimiento del Ser. 

La esencia de la enseñanza espiritual que durante siglos, en todas las culturas, recibían los niños entre los 6 y los 12 años,  se basaba precisamente en cultivar esa dimensión interior. A través de rituales, mitologías, cuentos y prácticas  silenciosas, los niños aprendían a sentarse en calma, a observarse, a reflexionar, y a desarrollar virtudes como la  sinceridad, la humildad y la compasión. Estas cualidades, consideradas esenciales para el desarrollo sano del ser  humano, no solo ayudaban a construir una vida en armonía consigo mismos y con los demás, sino que también les  ofrecían una brújula interna para orientarse en un mundo cambiante. 

Autores de diversas culturas y disciplinas han propuesto una integración entre las filosofías del Ser y las prácticas  contemplativas provenientes de Oriente, con el pensamiento filosófico, científico y espiritual de Occidente, generando  una síntesis que permite una comprensión profunda, experiencial y racional de la existencia. En este contexto, cabe  recordar que Principia Mathematica, obra fundamental de Isaac Newton para la comprensión del universo físico, fue  concebida y escrita como un tratado teológico, lo que revela hasta qué punto la ciencia y la espiritualidad pueden -y  deben- convivir, pues si nos vamos a la dimensión práctica y de comprensión de la realidad no entran en contradicción,  de la misma manera que no entra en contradicción una poesía sobre la puesta de sol que transmite el sentir subjetivo del  humano que lo experimenta, con la ciencia de las leyes de la difracción de la luz que explica la matemática de los  diversos colores que experimentamos al atardecer. 

Ante este panorama, el Programa “Conocimiento del Ser” propone un modelo educativo transformador

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